1.4.12

La Última Perla

por Hans Christian Andersen
Texto en Inglés (distinto al usado para la traducción): The Last Pearl


     Estamos en una casa rica y feliz; todos están radiantes y llenos de alegría, amos, sirvientes, y amigos de la familia; pues en este día un heredero, un hijo, ha nacido, y tanto madre como hijo estaban en excelso estado.
     La brillante lámpara en el dormitorio había sido parcialmente cubierta, y las ventanas eran protegidas por pesadas cortinas de alguna tela de seda costosa. La alfombra era espesa y suave como un jardín musgoso, y todo invitaba al sueño —y sugería reposo encantadoramente como la enfermera ya había averiguado, pues dormía; aquí podía dormir bien, ya que todo estaba en bienestar y bendición. El espíritu guardian de la casa se recargó contra la cabecera; sobre el seno de la madre, donde el niño dormía, se extendía quieta una red de estrellas innumerables, y cada estrella era una perla de felicidad. Todas las buenas estrellas de la vida habían traído su regalo al recién nacido; brillaban ahí la salud, la riqueza, la fortuna, el amor —en corto, todo lo que el hombre puede desear de la Tierra.
     —Todo ha sido presentado aquí —, dijo el  espíritu guardián.
     —No, no todo —, respondió una voz cercana, la voz del buen ángel del niño. —Un hada no ha traído su regalo aún, pero lo hará algún día, incluso si años deben pasar antes; lo hará. La última perla aún esta faltante.
     —¡Faltante! Aquí nada falta; y si fuera el caso, dejadme ir en busca de la poderosa hada. Presentémonos ante ella.
     —¡Ella vendrá! ¡Vendrá sin ser buscada! Su perla no puede quedar faltante; debe estar allí para que la corona completa refulja.
     —¿Dónde puedo encontrarla? ¿En dónde yace su morada? Dime, y yo procuraré la perla.
     —¿Harías tal cosa? —, respondió el ángel del niño. —Te llevaré directamente a ella, hasta donde sea que esté. No tiene morada fija; a veces reside en el palacio imperial y otras la encontrarás en la cabaña humilde del paisano. No pasa por una persona sin dejar huella, y a cada cual trae dos regalos, ¡sean enormes o minúsculos! A este niño debe venir también. Tú piensas que el tiempo es igualmente largo, pero no igualmente útil. Ven, vamos por esa perla, la última perla de toda esta riqueza.
     Y mano en mano flotaron hacia el sitio donde el hada ahora rondaba.
     Era una gran casa, de ventanas oscuras y cuartos vacíos, donde una quietud peculiar reinaba. Una hilera entera de ventanas habían sido abiertas, para que el tosco viento pudiese penetrar a su placer: las largas y blancas cortinas colgantes se mecían de aquí a allá en la corriente de aire.
     En el centro de la estancia se hallaba un ataúd abierto, en el cual estaba recostado el cuerpo de una mujer, aún en la flor de la juventud, y muy hermosa. Las rosas frescas esparcidas sobre ella sólo dejaban las suaves manos entrelazadas y el noble rostro —glorificado en la muerte por el solemne cariz de consagración y entrada a un mundo mejor— visibles.
     Alrededor del ataúd estaban, de pie, esposo e hijos —una tropa entera: el niño más pequeño descansaba en el brazo del padre, y todos le dedicaban a su madre una última despedida; el esposo besó su mano, que ahora era como una hoja marchita pero que hasta hace unos días había estado trabajando y luchando con diligente amor por todos ellos. Lágrimas de pena rodaban por las mejillas de todos y caían en gotas pesadas al suelo, mas no se hablaba una palabra. El silencio aquí reinante expresaba un mundo de pesar. Con pasos acallados y muchos sollozos, se fueron retirando de la habitación.
     Una luz ardiente está en el cuarto, y la larga mecha roja se eleva por encima de la flama que parpadea en el viento. Hombres extraños entran, y ponen la tapa de la caja mortuoria sobre la fallecida, y colocan los clavos dentro con firmeza, y los golpes de sus martillos resuenan por la casa, haciendo eco en los corazones que sangran.
     —¿A dónde me has traído? —, preguntó el espíritu guardian. —¡Aquí no se halla hada alguna cuya perla pueda contarse entre los mejores regalos de la vida!
     —Aquí ronda ella, en esta hora sagrada —, dijo el ángel, apuntando hacia una esquina.
     Y ahí, donde en vida la madre había tomado su asiento entre flores y cuadros; ahí desde donde, como hada benefactora, había recibido a esposo, hijos y amigos; desde donde había irradiado alegría y gracia como un haz de sol, y había sido el centro de todo —estaba sentada una mujer extraña, enfundada en vestiduras largas. “Sufrimiento” era; la mujer y madre ahora, en lugar de la dama muerta. Una lágrima caliente rodó hasta su regazo, formando una perla reluciente con los colores del arcoíris. El ángel la tomó, y la perla brilló como una estrella de siete resplandores.
     ¡La perla de la Pena, la última, que nunca debe faltar! Ella realza el lustre y significado de las otras perlas. ¿Acaso ves el brillo del arcoíris —el arco que une cielo y tierra? Un puente ha sido construido entre éste mundo y el cielo más allá. A través de la noche terrenal observamos las estrellas, buscando perfección. Contemplémosla, en la perla de la Pena, pues en su sufrimiento esconde las alas que nos llevarán a un mejor mundo.

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