4.4.12

Más Largo que la Vida


Juro que mis ojos van encogiéndose hacia adentro. Siempre tuve claustrofobia (de la fea, no de la leve que la gente se inventa para ser interesante), y ahora se cierne, como en sus peores momentos: un elevador, un local cerrado, el camarote de un barco mal iluminado. Así pasa; primero hay una agitación en el pecho, que se transforma en un nudo marinero insalvable. Seguido de eso, hay contracciones en la garganta, como si algo hubiera secuestrado al espíritu y callado su voz con una mordaza. Luego comienzas a pensar en la muerte. ¿No les parece absurdo? Pensar en la muerte durante un viaje inocuo del piso 2 al 5 del World Trade Center, por ejemplo. Pensar en la muerte mientras la de al lado se retoca el maquillaje. Pero así es, es una opresión; o más bien un impulso recio hacia la oscuridad.

De verdad, cuando uno se halla en esos trances, no ve el camino fuera de la oscuridad o del encierro. Esas jaulas tan terrenales, que pueden ser abiertas con un desarmador en caso de emergencia, se antojan ridículamente pesadas y profundas. Lo peor parece inminente, así toda la evidencia sugiera lo contrario. Los pisos avanzando en la pantalla, gente alrededor riendo, el vehículo moviéndose en un oscilar calmado, un gato rodando en plan juguetón por la alfombra; todo eso está ahí para tranquilizar, y no lo hace. Sólo acentúa. Todo se hace insoportable, como si hubieras metido —por error o masoquismo— la cabeza en una prensa de metal. Así lo recuerdo. Pero aun bajo esta luz de evidencia preferiría mil veces estar bajo el influjo de una prisión normal que esto. O no tan normal, incluso. Nadar con tiburones me suena bien. O ser presa de la inquisición, podrida en un calabozo. ¿Dónde firmo?

Esa es otra de las cosas extrañas: hoy ni siquiera estoy realmente encerrada. Es cierto que no puedo ver los árboles desde este lugar —las paredes son palaciegas y los vidrios tienen colores brillantes que no dejan ver el exterior con ninguna claridad—, pero el espacio es tan grande que no debería tener problema alguno para respirar. Nunca antes, en mis esporádicas visitas a sitios como éste, me había sentido intimidada. Podía caminar a gusto. Y, de hecho, eso es lo que estoy haciendo en este momento, y lo único que me ha sido encomendado hacer. Caminar. No perder el paso, y definitivamente no desmayarme frente a toda esta gente.

Las paredes, ya lo he dicho, tienen la majestad de un monte; pero no son ellas las que me torturan. Ellas, de hecho, sólo son testigo de mi propio miedo, que se materializa en los muros de ojos atentos que hay a cada lado mío. Todos me ven, ¡todos! Ojos verdes, cafés, azules; que comienzan a transformarse en dragones púrpura y fucsia mientras mi alucinación avanza. Me repito y me repito que son sólo mis devaneos mentales, y que todo está controlado, pero ¿cómo le vendes la idea de control a una psique desbandada? Me pregunto cuánto más podre seguir por este pasillo más largo que la vida antes de caer de boca para siempre. Antes de explotar. Dios mío, qué pena: explotar y manchar de sangre a toda esta gente tan elegante.

Voy arrastrando la piedra penosamente, sin levantar la mirada del suelo, ante un silencio que parece de sepulcro y que lo es. Ahí está mi tumba. No puedo correr aunque la puerta a mis espaldas aún está abierta. He dado demasiados pasos hasta aquí, quizá desde antes de saberlo, y cambiar algo ahora sería descabellado. Me quedan dos opciones. Llegar a donde debo llegar y calmarme de una vez, o rendirme a la histeria para mucho placer de quienes buscan exprimir risas de los desafortunados. ¿Pero cómo puedo calmarme? ¿Por qué tengo espinas clavadas en las manos? Creo que estoy en medio de un incendio. Sí, definitivamente. Eso o el infierno. ¿Por qué más habría llamas? Luego recuerdo todo al momento en que alzo la vista, desesperada, con la seda blanca de mi vestido empapada en sudor ardiente. Mi madre ha elegido las flores y velas, mi padre la catedral, y entre dos familias fraguaron en el horno más perverso los barrotes de mi cárcel. Cárcel de carne y hueso, que me durará (ya lo dice el libro) hasta que la muerte me arranque las raíces de la tierra. Cárcel que me espera enfundado en un smoking impecable, con el rostro sonriente y falso, en el segundo escalón rojo del altar.

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