3.5.12

Aubade / Alborada


por Philip Larkin
Texto Original: Aubade

Trabajo todo el día y me emborracho a medias de noche.
Despertando a las cuatro en muda oscuridad, observo.
Poco a poco crecerá la luz en los filos de la cortina.
Hasta entonces yo veo lo que en verdad está ahí siempre;
la muerte sin descanso, un día entero más cercana,
haciendo imposible todo pensamiento más que el cómo
y dónde y cuándo moriré yo mismo.
Árida interrogación; mas el espanto
de morir, y de estar muerto,
resurge fresco para apresar y horrorizar.

La mente blanquea al vistazo. No por remordimiento
—el bien no hecho, el amor no dado, tiempo
sin uso y desgarrado— ni desdicha porque
una sola vida puede tardarse tanto en trepar
fuera de sus inicios falsos, y puede nunca lograrlo;
pero sí ante el total vacío eterno,
la segura extinción a que viajamos
y en donde nos perderemos siempre. No estar aquí,
no estar en ningún lado,
y pronto; nada más terrible, y nada más cierto.

Es un modo especial de temer
que ningún truco calma. La religión intentaba.
Esa vasta apolillada trama musical
creada para pretender que no morimos,
y cosas engañosas que dicen Ningún ser racional
puede temer algo que no sentirá, sin ver
que es justo eso lo que asusta —ni vista, ni sonido,
ni tacto o gusto u olfato, nada con que pensar,
nada que unir o amar,
la anestesia de la que ninguno regresa.

Y así se queda en el filo de la vista,
nubecilla fuera de foco, ventisca perpetua
que frena cada impulso hacia la indecisión.
La mayoría de cosas pueden no suceder: ésta lo hará,
y la consciencia de ello emerge
en miedo infernal cuando somos atrapados sin
compañía o trago. El coraje no sirve:
significa no espantar a otros. Ser valiente
no libra a nadie de la muerte.
La tumba no es diferente con lamentos o aguantando.

Lentamente la luz se agranda, y el cuarto toma forma.
Ahí está, plano como un guardarropa, lo que sabemos,
siempre supimos, supimos que no podíamos escapar,
ni aceptar. Un lado tendrá que ceder.
Mientras, teléfonos se encogen, aprestándose a sonar
en oficinas cerradas, y todo el indiferente
e intrincado mundo rentado comienza a despertar.
El cielo es blanco como arcilla, no hay sol.
Trabajo debe ser hecho.
Carteros van, como médicos, de casa en casa.


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