14.5.12

Birnam


Para Angie, que defiende mis sandeces.

Bajo los cielos grises de Escocia, el camino
de la sangre ha llegado a su final. Acucian
diez mil hombres el castillo del tirano
que llamaran capitán un día rojizo y alejado.
Claman las gargantas por el fin del asesino
y el retorno de la calma a sus noches y a sus
armas. Han venido de otras tierras, belicosos,
generales de estatura a despojarle del botín
que había ganado por mal. Deben arrancar la sal
de los campos asolados y blandiendo sus espadas
expurgar la libertad; devolverle su prestigio
a la memoria de aquel hombre acuchillado
en el sueño y remover el ensueño de locura
rojinegra por siempre, de raíz, sin titubear.
En las filas que defienden el castillo hay murmullos
de traición; que (¡paradoja!) es tan noble
como el mismo manto real. Y es que no hay
lealtad en ellos, pues a un colmenar de horrores
no se puede ser leal. Los amigos más cercanos
y lejanos inocentes han caído por su mano
acelerada y fatal. Mas el barranco es muy ancho,
y de la inercia y el tiempo no se escurre uno
jamás; ni por la fuerza del puño, ni por la lanza
afilada, ni por la sentencia extraña del destino
puesta en la voz de una sombra, de un hechizo,
de un engaño de cristal. Lo ha averiguado la dama,
a quien la mancha culposa, el carmín desperdiciado,
ha obligado a claudicar. Y antes del siguiente ocaso
habrá de probarlo Macbeth, quien mira por la ventana
y observa como la suerte se le va quemando ya;
la profecía se completa, los escudos se preparan,
los bosques marchando van.

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