12.11.12

460 (Apuntes de viaje)


Nota: como algunos se habrán enterado por el blog de Angie/Misha y otros no, una de las tareas escolares este semestre fue un ensayo personal. Este fue el mio.
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El consumado trotamundos y expatriado británico Lawrence Durrell abre su libro Limones amargos con una sentencia sobre la naturaleza de los viajes. Del bello párrafo surge la idea de que los viajes no vienen de la voluntad o la cavilación, sino que nacen del azar y la combinación de circunstancias. Son como la espuma de una reacción química inesperada. No he acumulado gran experiencia en viajes, pero la poca que tengo parecería sugerir que Durrell tiene razón. Me he visto fuera de mi zona de confort —que es decir este remolino de sombras grises y luces halógenas que es la ciudad de México— contadas veces, y en cada una de ellas ha tenido poco que ver lo que yo pensara. Sinceramente, muchas de esas ocasiones me habrían parecido más placenteras permaneciendo en casa, sin tener que considerar al clima o a los acompañantes para ejercer mi albedrío. Otras, sin embargo, han sido exitosas exploraciones hacia adentro del mundo, en las cuales descubro que el cemento y la grava sucia no son los únicos suelos que permiten caminar; que el humo mercantil no es el único aire respirable.

La ocasión que me interesa recordar fue una mezcla de las dos —y también el viaje más largo de mi vida. De la historia anterior al viaje, baste decir que mi madre trabó lazos con un hombre de Noruega, y que él —teniendo la situación económica de un hombre de Noruega— se ofreció a llevarnos a vivir con él por una temporada. Por supuesto, la convivencia sería una observación mutua, en la cual trataríamos de determinar si el formar una familia y establecernos juntos en aquella tierra nórdica sería adecuado. Para mi madre el viaje significaba un nuevo proyecto de vida, una puerta. Para mí, en cambio, subirme a un avión y dejar atrás el cobijo de mi familia resultaba —en un principio— repulsivo y enervante. En adición, el momento de partir era una época extraña para mí: la escuela secundaria recién había quedado atrás y la incertidumbre del futuro se alzaba en mi mente. Todos los caminos posibles se abrían ante mí, pero cada uno me causaba el mismo miedo. Los resultados finales del viaje, que duró tres meses, tuvieron mucho que ver con esa actitud inicial.

No voy a meterme con la mente de mi madre, ni a relatar la secuencia melodramática de los eventos que le conciernen. Debe ser dicho, sin embargo, que la empresa fracasó en parte debido a mi reticencia a quedarme para siempre en una tierra desconocida, y en otra porción debido a los previsibles choques culturales entre todos los involucrados. La ruptura de nexos no fue violenta; todo se llevó a cabo con civilidad. Hoy me percato de que mi madre, a diferencia mía, recuerda profundamente esa secuencia melodramática de eventos, y también recuerda mucho las cosas que vimos. Yo recuerdo eso sólo como anécdota de paso; la experiencia interna es lo que se grabó más hondo en mi arcilla. Al estar reacio a probar de lleno el experimento familiar, se me permitió pasar la mayor parte del tiempo solo. Esto podría haber sido deprimente (de hecho, mi madre cree que me la pasé terrible), de no ser porque Noruega es una tierra muy distinta a México: es una tierra en que la soledad bien puede llevarte a la belleza.

La escasez de peligro criminal tiene que ver con estas conclusiones. El ambiente noruego no recrimina ni hace sospechoso a quien camina solo en el bosque, por ejemplo. Libre (casi) de miedo hacia un asaltante o secuestrador, uno puede descubrir que la luz, el océano, la oscuridad incluso, no están allí tan sólo como un entorno a la vida humana, sino que son parte de nuestro mismo contorno como seres vivos. Esto puede sonar a diatriba de Greenpeace —y en parte tiene la misma raíz—, pero va más allá del cariño a la naturaleza. Consiste en la aceptación inconsciente de ésta como un engrane infaltable del mecanismo que es el cuerpo. Ya había tenido experiencias similares sin necesidad de tomar vuelos trasatlánticos; es posible sentirse así en Morelos o en ciertas regiones de Guerrero. La diferencia es que nunca he pasado tres meses ni en Morelos ni en Guerrero, y quizá esta extensión, el sentir lo mismo día a día hasta que se volvió cotidiano, hicieron que este viaje y tal noción estén ligados irremediablemente. Me atrevo a decir que no soy el único, y que el impacto producido en mí no es tan sólo el resultado de mi condición turística, sino que esa conexión es parte indispensable del ideario noruego y escandinavo.

Prueba de esto es la misma geografía y arquitectura de la ciudad en donde viví, Sandefjörd. Si bien hay un centro urbano, no hay momento alguno en que un paseante pueda salir de la naturaleza por completo. Las plazas arboladas son abundantes, y las pocas tiendas glamorosas que hay se encuentran rodeadas del olor a sal y brizna que enmarca todo el país. Los célebres fiordos son un factor importantísimo en esto. Son enormes bahías de mar pasivo, sin oleaje, que se inmiscuyen tierra adentro, hacia parajes boscosos o pedregosos en donde el mar no tendría nada que hacer bajo condiciones normales. Literalmente, es la naturaleza metiéndose en la vida de los hombres. La casa que habité se hallaba a tiro de piedra de uno de ellos. Recuerdo el momento en que me di cuenta: acabábamos de llegar, tras manejar atravesando la pequeña ciudad y adentrarnos en una zona de suburbios en dónde los árboles eran todavía más abundantes que en el centro. Nuestro anfitrión había casi concluido de mostrarnos la casa. Sólo faltaba la terraza, y hacia ella fuimos. Nos sentamos al aire libre bajo una palapa, en una banca circular de piedra que rodeaba la mesa que después sería la del desayuno diario. Mi mirada, vacilante, se dirigió a la izquierda sin esperar nada más que bosque, y descubrió más allá de los troncos del pinar un inconfundible brillo azul. Desconcertado, volví la vista a mi anfitrión, y él me sonrió divertido, como quien presume su nuevo automóvil o la musculatura de su cuerpo. Supe que vivir entramado en la naturaleza de tal modo representaba mucho para él, y supe que también iba a hacerlo para mí. Debo agregar que él no era ninguna especie de ermitaño naturista: dedicaba sus días a desarrollar tecnología petrolera y se deleitaba en contar con aparatos lujosos a su alrededor. Era consciente y apreciativo de su tierra, pero en definitiva diría que era sólo un noruego normal.

Lawrence Durrell también expresa, en el párrafo ya referenciado, que un buen viaje puede ser una de las fuentes más satisfactorias de introspección. Es con eso en mente que no me arrepiento de haber pasado el viaje como lo pasé: en constante aislamiento. Puedo decir que me quedé con algo más allá de toda la memorabilia vikinga y escandinava que vi —como el barco en que Roald Amundsen llegó al polo sur, por ejemplo—, y que le debo eso precisamente a mi actitud que algunos describirían como huraña. Ni yo ni mi madre logramos quedarnos para siempre en Noruega, pero a través de la caminata, el respirar hondo, el sentarme cerca del mar sólo para sentir el viento húmedo cerca, Noruega sí ha permanecido enclavada en mi persona. Lo que aprendí allá no es sólo aplicable a lugares en donde la naturaleza reina; sirve muy bien para observar el mundo en general, y hasta ayuda al momento de leer y escribir. Fueron varios los momentos en que la vibra subyacente del bosque o el océano era tan fuerte, tan casi tangible, que daban ganas de convertirla en palabras. Puede ser que ese fuera el primer momento en el cual pensé que quizá podría dedicarme a escribir. Hoy, menos ingenuo sobre el estado de las letras en mi país, no sé si vaya a poder dedicarme a ello totalmente. Pero estoy seguro de que así escriba una novela clásica o un pequeño folletín con tiraje de cincuenta copias, todo tendrá que estar basado en el sentido de observación que despertó en mí ese viaje.

Cuando regresé de la travesía, las cosas en mi cabeza seguían revueltas y confusas y adolescentes. Me sentía triste por la decepción que había sufrido mi madre, y culpable de que en parte hubiera sido por mi causa, pero no hallaba en mí una razón para decirme que había cometido un error. La vida siguió, y mi familia eventualmente sí fue reformada, aunque por otro rumbo. Fue entonces cuando percibí que los recuerdos no se difuminaban. En ocasiones relataba historias sobre lo que había vivido en Noruega, y la gente parecía disfrutarlas. Mis amigos gustaban oír sobre los barcos y las espadas vikingas, y mis amigas se interesaban más por el mar y los animales. Me agradaba poder hablar —cosa rara— con soltura, aunque hacerlo significase quedar un tanto más desnudo que antes ante gente quien no era siempre muy cercana a mí. ¿Pero cómo evitarlo? No estaba sólo compartiendo un viaje como había visto a otra gente hacerlo; como algo que llanamente pasó. Tampoco era un equivalente a mostrar fotografías de uno postrado junto a la torre Eiffel o el London Eye en aras de parecer interesante y culto. No conservo siquiera fotografías de mí en el lugar más famoso que conocí —el parque Vigelund. Hablar sobre el viaje era más bien una catarsis, en la que lograba reconectarme a ese sitio y ese tiempo con la misma fuerza del momento mismo. Quiero pensar que ello se notaba, y era esa intensidad lo que hacía que a la gente le gustara escucharme. En todo caso, lo cierto es que los años pasaron y yo sigo recorriendo el camino que me abrió ese verano lejos de casa.

Hoy me hallo adentrado en una vorágine muy lejana a la naturaleza noruega —la que conforman los ajetreos de la ciudad más grande del orbe y la academia literaria más representativa que ésta tiene. El texto presente es la primera pieza de escritura escolar en mucho tiempo que me ha permitido y motivado a pronunciar la palabra ‘yo.’ Pero esto no implica que el viaje no afecte la forma en que leo y me acerco a las palabras. La observación y sensibilidad de los que he hablado, esa conexión incipiente pero honesta a las maquinarias ocultas de lo humano, ese abrir de ojos, me ha resultado indispensable para comprender muchos pasajes literarios. Propongo, por ende, que un lector debe pensar como viajero que se adentra solitario a otra tierra, y desarrolla poco a poco empatía por ella y por su gente. Muchos han dicho ya que sentarse a leer es una especie de magia en la que uno puede acceder a lugares lejanos. Por mi parte creo que el deber de un lector atento no es sólo viajar a donde el libro lleve, sino elegir el modo en que va a emprender tal incursión: como visitante ocasional que toma polaroids, como un curioso silente que trata de observar y entender más allá de la superficie, o bien como algo intermedio.

Encuentro la actitud hacia los viajes parecida de este modo a la que debe tomarse frente a los libros, y quisiera cerrar en el punto en el cual ambas se encuentran —al menos en mi caso. Desde mi regreso, siento una cercanía especial con los autores de Escandinavia, y sobre todo por los que sitúan sus libros en tal porción de la Tierra. No pretendo comprender cada palabra que dicen, ni declarar que mi entendimiento de su cultura sea total tras unos meses allá, pero sí puedo entender de un modo básico la construcción de sus historias. Es gracias al viaje, y lo que en él sucedió, que hoy leo a Halldor Laxness hablar de la pradera, a Knut Hamsun amar el bosque o a Jostein Gaarder observar las estrellas —desde una terraza parecida a la de aquella casa en que viví—, y sonrío como quién comparte un pacto secreto. Sé que comparto con ellos un cierto sentir, un momento, un bosque. Y también sé que lo compartiré siempre.

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