30.12.12

Anactoria


por Algernon Charles Swinburne
Texto original: Anactoria

Mi vida es acre con tu amor; tus ojos
ciegan, tus trenzas queman, brusca suspiras
partiendo alma y carne con sonido suave,
mi sangre se hace fuerte, y de mis venas mana.
Pido que no suspires, no hables, no respires;
dejes quemar la vida y sueñes que no es muerte.
Querría que el mar nos hubiese escondido,
que fuego (¿temerás eso y no éste, mi deseo?)
tajara los blancos huesos y la carne rota,
y dejara a nuestras cenizas caer cual hojas.
Tu sangre contra mi sangre está; mi dolor
te duele, labio lastima labio, vena a vena.
Que la fruta aplaste fruta, flor a flor,
pecho encienda otro pecho, y ardan una hora.
¿Por qué sigues amores huecos? ¿Es tu amor
muy débil para cargar mis manos y mis labios?
Te confío con mi vida. Oh, tan dulce
es aplastar amor con tus pies crueles y perfectos;
te encargo alejar a tus labios de los otros,
más dulces, hasta que sean más dulces que mis besos:
así yo no atraeré, gaviotas por paloma,
ni a Erina ni a Erotión1 hacia mi amor.
Querría que mi amor te matara; estoy harta
de verte viva, y bien preferiría tu muerte.
Querría que la tierra se alimente de tu cuerpo,
y nadie más que la serpiente te halle dulce.
Querría encontrar maneras de matarte,
con métodos intensos, dolor exacerbado;
vejarte con agónicos amores, pasear
la vida por tus labios —dejarla allí para que duela;
extraer tu alma con dolores muy suaves para matar,
interludios eternos e infinito malestar;
recaída y renuencia del respiro,
tonadas sosas y escalofriantes y mortales semitonos.
Estoy cansado de tu verbo y suaves formas,
de las noches fieras de amor y de sus días,
y de los besos rotos, cual salmuera,
que labios trémulos remojan en el vino,
y de los ojos, más azules esas escondidas horas,
que el placer copa en llanto y alimenta de flores,
feroces en el centro con fuego que atraviesa, casi,
pero en el blanco, como flor, rodeados de mancha azul;
el ferviente párpado de abajo, y ese de arriba
levantado por risas o derrocado por amor;
de tu amorosa faja, bella y llena de ti,
y de los rastros de lirio en tu cabello.
Sí, todo tu verbo dulce y tus maneras,
el fruto de las noches, la flor de los días,
y agudos labios en que el dulce y tibio néctar
del que nació el amor hierve como vino,
los ojos insaciables de horas amorosas,
fervientes como el fuego, y suaves como flores,
color de noche al fondo, pero atravesados
cual esa noche con flamas,
teñidos derredor cual esa noche de azules,
vestidos de profundos párpados abajo, arriba—
sí, toda esta belleza me enferma de amor;
tu faja, ya sin ti y ahora no bella,
y lirios ruines en tu pelo laxo.
Ah, no pienses por amor; ¿debe ser así,
y ella que ama a tu amante no te amará a ti?
Dulce alma, dulce boca de todo lo que ríe y vive,
Mía es ella, sólo mía; y ella perdona.
Pues yo presencié en sueños esa luz
de su lugar sagrado en Páfos, y escuché el beso
de alma y cuerpo, mezclados con ansiosas lágrimas
y risas partiendo a través de ojos, de oídos;
vi amor, llama ardiente de la corona al pie,
toda inmortal, sobre su asiento en alto;
párpados claros levantados hacia norte y sur,
mente multicolor, y boca
de muchos besos y tonadas; y ella se inclinó,
con todo el sutil rostro fuerte riendo,
se inclinó sobre mí, diciendo, “¿A quién ofendes,
Safo?” pero tú --tu cuerpo es la canción,
tu cuerpo la música; tú eres más que yo,
así mi voz no muera hasta que muera el mundo;
así enloquezca al hombre que la oiga, así llore el amor,
naturalezas cambien o la vergüenza sea puesta a dormir.
Ah, ¿me matarás a menos que te bese y mate?
Pero la reina rio, en su corazón dulce, y dijo:
“Incluso ella que vuela seguirá por ti,
y te dará regalos que no tomaría,
y besará aunque no te besaría” (sí, bésame)
“cuando tú no” --¡cuándo no te besaría!
Ah, más para mí que todo hombre como eres,
¿no calman mis canciones a su espíritu?
Ah, dulce para mí como la vida le es dulce a la muerte,
¿por qué su ira te llena de aliento temeroso?
No, dulce, ¿es ella Dios a solas? ¿Ha hecho
ella la Tierra y todos los siglos del mar,
mostrado al sol cómo viajar, tejido finos
los rayos de luna, derramado rayos estelares como vino,
atado con sus mirtos, azotado con sus barras
a los hombres, las doncellas y los dioses?
¿No tenemos acaso labios para amar, ojos para llorar,
y verano y flor de mujeres y de años?
¿No hay estrellas para el pie de la mañana,
y para el cénit luz, y exaltación lunar;
aguas que contestan aguas, campos que visten
lirios, y languidez del aire Lésbico?
Más allá de los piecillos de palomas ya en el aire,
¿no hay otros dioses para otros amores?
Sí, aunque ella te reclame, dulce, por mi bien,
retoños y no espinas, flores, no sangre, deben romperse.
¡Ah, que mis labios perdieran la melodía, pero estuviesen
presos contra el golpeado retoño de tu pecho reclamado!
¡Ah, que por leche de Musa se me diera a beber
la dulce sangre que de tus heridas ha manado!
¡Que con mi lengua las sintiera, y probara
las hojuelas vagas de tu vientre hasta el pecho!
¡Que pudiera beber tus venas como vino, y comer
de tu pecho como miel! ¡Que del rostro a los pies
tu cuerpo fuera abolido, consumido, y tu carne
fuera enterrada en mi carne!
¡Ah, ah, tu belleza! Como una bestia muerde,
como serpiente pica, como una flecha hiere.
¡Ah, dulces, dulces de nuevo, y siete veces dulces,
los ritmos y las pausas en tus pies!
¡Ah, más dulces que todo sueño o aire veraniego
las trazas fragantes y caídas de tu pelo!
Sí, aunque sus besos raros me hagan daño,
más dulces son tus labios que los míos, con toda su canción;
más blancos son tus hombros que un vellón albísimo,
dulces cual flores son tus dedos, buenos en lastimar, morder,
cual mieles de las celdas más profundas,
con conchas como almendras y color palo de rosa,
y sangre por retoño violáceo en las puntas
bailando; el dolor se hace perfecto allí en tus labios
por mi bien, cuando te lastime; ¡oh, que osara
triturarte hasta la muerte con amor, y morir,
morir de tu dolor y mi deleite, y ser
mezclada con tu sangre, derretida en ella!
¿Acaso no te plagaría mi muerte demasiado?
¿No te lastimaría perfectamente? ¿No tocaría
tus poros sensoriales con tortura, y encendería
tus ojos con lágrimas cual sangre y luz de duelo?
¿Sacaría herida de la herida como las notas salen de las notas,
cacharía de tu garganta la tenue música del llanto,
tomaría tus miembros vivientes, y con ellos haría
una lira de muchas impecables agonías?
¿No te alimentaría con fiebre y hambre y sequía fina,
convulsionando con dolor perfecto a tu perfecta boca,
haciendo a tu vida temblar en ti, y renovarse fresca,
estremeciéndote en el alma, dejando atrás la carne?
¿Cruel? Pero el amor hace de sus amantes buenos
sabios como el cielo y crueles como diablos.
Yo he hecho al amor más amargo para ti
que la muerte para el hombre; pero si fuese hecha como él,
quien creó todas las cosas para romperlas una a una,
y si mis pies pasaran por estrellas y por soles,
y almas de hombres como él siempre han pasado,
Dios sabe que sería más cruel que Dios.
¿Pues quién altera en rezos o con gracias
la crueldad misteriosa de las cosas?
¿O di, qué Dios sobre otros dioses y años,
con ofrendas y sacrificios sanguinarios de lamentos,
con llantos de tierras extrañas, de tumbas
donde la serpiente pasta, de las bocas heridas de esclavos,
de prisión, y de las proas naufragantes de las naves
a través de la fogosa espuma en los labios del mar, que van cerrando—
con signos raros destruidos, y el cabello volátil
del cometa, desolando el vil aire,
cuando la oscuridad se cierra con sellos y barras,
y la renuencia fiera de estrellas desastrosas,
eclipse, y el sonido de colinas sacudidas, y alas
oscurecidas, y ciegas cosas imposibles de expiar—
con la pena de lunas laborantes, y la luz alterante
y la jornada de los planetas de la noche,
y el llanto de las siete Pléyades cansadas,
alimenta la lujuria muda y melancólica del cielo?
¿No es su incienso amargo, y su carne
asesina? ¿No ha el hombre conocido
su cara oculta, su pie de hierro, y no las ha sentido
amenazar, romper, las cosas cada día que pasa?
¿No nos ha mandado hambre? ¿Quién ha maldecido
al espíritu y la carne con deseos? ¿Quién ha llenado
de sed los labios de quienes le lloran? ¿Quién hizo
excesiva la voluntad ferviente, quedando corto el frágil acto,
hizo al espíritu hundirse y a la carne aspirar,
al dolor animar el polvo del deseo pasado,
y a la vida entregar su flor ante el destino férreo?
A él quisiera ir, a él ofender, a él degradar,
perforar los helados labios de Dios con aire humano,
y mezclar su inmortalidad con muerte.
¿Por qué nos hizo? ¿Qué le hemos hecho
para merecer la vida odiando al sol estéril,
y con la luna desgastarnos mientras ella mengua,
pulso a pulso sintiendo al tiempo en nuestras venas?
A ti también te cubrirán los años; serás como
la rosa nacida de tu misma sangre,
como canción cantada, como palabra dicha, caerás
como las flores y ya no serás nada en absoluto,
ya ningún sitio cuidará de tu memoria;
pues nunca Musa ha engarzado en tu cabello
la alta flor Pierea2 cuyo injerto excede
a todo parentesco con la mortal rosa de verano
y al color de días desidiosos, ni le ha otorgado
reflejos y rubores celestiales a tu faz,
ni ha pintado tu cara, pálida con la ruina de las flores
con rojas sombras de esa hoja sagrada.
Sí, serás olvidada como vino derramado,
a no ser que los besos de mis labios en los tuyos
los hagan inmortales; pero yo—
los hombres no verán ardiente fuego, no oirán el mar,
no mezclarán sus corazones con canciones,
ni observarán caer desde el cielo con pies de rudo oro
y desplumadas alas que hacen cegar al viento,
al rayo, con trueno para un can, detrás,
cazando en campos descuidados, sin sembrar—
Pero en la luz y la risa, en el gemido
y en la melodía, teniendo labios, manos
y el calofrío de aguas que hacen sentir en tierra
ese desmesurado tremor de los mares,
recuerdos se mezclarán con metáforas de mí.
Tal como yo será la calma temblorosa de la noche,
cuando todos los vientos del mundo, por puro gusto,
cierren los labios trémulos y doblen alas dolorosas;
cuando los ruiseñores hagan ruido por el bien del amor,
y las hojas tiemblen como cuerdas de laúd o como fuego;
como yo será la estrella que desmaya de deseo
incluso en los fríos labios de la luna insomne,
cual yo en los tuyos; como yo será la blanca tarde
quemada a través con luz de sol ceniza; y como yo
la corriente del lecho y la marea de los océanos.
Estoy enferma de tiempo cual éstas de su flujo,
y por el anhelo de mis venas sé el anhelante
sonido de las aguas; y mis ojos queman
como ese fuego sin rayo que llena los cielos
con estrellas confundidas y cosas alumbrantes de llama;
y en mi corazón la pena que las consume
trabaja, y en mis venas la sed de éstas,
y toda la labor veraniega de los árboles
y la enfermedad de invierno; y la tierra,
llenada al colmo con mortales oficios de muerte y vida,
adolorida con hambrientas lujurias de vida y muerta,
tiene dolor como este mío en su aliento partido;
su primavera ya no tiene hojas, y su fruta
es ceniza; sus ramas van cansadas, y su raíz
fibrosa y carcomida de veneno; y bajo ella
serpientes la han atravesado con dientes tortuosos,
afilados con la osamenta de los muertos,
y pájaros salvajes hieren sus miembros allá arriba.
Éstas, tejidas para vestir para su palabra y su pensar,
éstas las ha hecho Dios, y a mí con ellas, y forjó
canción para encenderla en mis labios; y yo
no seré comida por la tierra que se alimenta de ti.
Como una lágrima caída, caerás; pero yo—
Lo3, quizá la tierra trabaje, los hombres vivan mucho
y mueran. los años y los astros cambien, y el alto Dios diseñe
nuevas cosas, mientras las viejas menguan en sus ojos,
él que las levanta y tira, siendo más fuerte que ellas—
pero, habiéndome creado, a mí no va a matarme.
Ni a matar ni saciarme, como a esos rebaños suyos
que ríen y viven un poco, y cuyos besos
los conforman, y sus amores son fugaces, dulces,
y la muerte segura los atrapa con pies lentos,
así se amen u odien, anhelen o se hinquen—
todos ellos terminan; y él manda sobre ellos.
Sí, pero aunque me matara, odiándome—
aunque me escondiera en el profundo amado mar
y me cubriera con espuma fresca y leve, y saque
esta alma mía como la de cualquier otro,
y me dé agua y grandes olas dulces, y haga
al nombre del mar más sagrado por mi ser,
el mar entero más dulce— aunque muriera en realidad
y me escondiera, durmiente, sin atender a nadie,
de mí el gran Dios no tendrá lo que quiere.
Retoño de ramas, y en cada alta colina el aire claro,
el viento, feroces ruidos de los ruiseñores fieros
abajo en los clamorosos valles,
capullos ardiendo en pronta primavera como fuego,
la blanca arena limpia y el deseo vano de las olas,
velas como flores sopladas hacia el mar, palabras
que traen raudo llanto, y largas notas de aves
que cantan con violencia hasta que el mundo cante—
Yo, Safo, seré una con todas esas cosas,
todas las cosas altas, por siempre; y mi cara
vista una vez, mis canciones oídas de pasada en sitio extraño,
se adherirán a la vida de los hombres, y les harán
pasar sus días alegres, o muy tristes, con amor eterno.
Así es, dirán, el vientre de la tierra ha traído en vano
cosas nuevas, y nunca esta cosa, la mejor, de nuevo;
ha traído días y hombres, traído frutas y guerras y vinos,
estaciones y canciones, pero ni una como las mías.
Y me conocerán como me han conocido aquí,
el año que amé a Atis, y éste que te amo a ti;
y todos me alabarán, diciendo “Ella tiene
al tiempo entero como nosotros tenemos nuestro día,
¿acaso no vivirá y hará su voluntad?” —¿hasta yo?
Sí, aunque murieras, yo digo que no moriré.
Pues ellos me compartirán sus almas, me darán
vida, y los días y amores con que vivo
me harán llena de afecto, llena de aliento,
me salvarán y servirán, y añorarán en muerte.
Ay, que ni la luna ni la nieve ni el rocío
ni cualquier cosa fría me purgue totalmente,
que no me alivie ni mitigue ni apacigüe,
hasta que el sueño eterno me conceda la paz no sanguínea;
hasta que el tiempo se derrita por completo;
hasta que el destino deshaga los nudos divinos,
y riegue, apagando y saciándome por siempre,
lotos y el Lete4 en mis labios cual rocío,
y esparza alrededor, debajo y sobre mí
la oscuridad y al infranqueable mar.

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Notas:
1 – Presuntos amantes de Safo, sus sexos indican la ambivalencia sexual de la poeta.
2 – Del monte Pierus, del que Hermes se lanza para reunirse con Calipso en La Odisea. También se refiere a Piería, la región en la cual está el monte, la cual se encuentra en la provincia de Macedonia.
3 – Invocación poética clásica, sobreviviente hasta tiempos medievales y de especial importancia en la poesía sajona.
4 – Uno de los 5 ríos del Hades; específicamente, el del olvido.

***

De nuevo, muchas gracias a Adriana por el encargo. Como verán, ésta es una traducción bastante más ambiciosa que las otras exhibidas en el sitio. El poema la merece: no tengo que hablarles del amor doloroso y las imágenes grecolatinas presentes para que las admiren; están allí, a cada línea, derramadas. La conclusión del argumento también es estelar: el papel del poeta es ensalzado, llevado a su expresión máxima, la de una vida eterna que justifique todos sus traspiés terrenales. El poema es una buena excusa para revisitar a los Románticos y a Safo, lo cual siempre será encomiable. Espero haberle hecho justicia al texto; pero de lo que estoy seguro es de que --sea cual sea el resultado-- el reto ha valido la pena.


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