26.12.12

Islas


Con ojos tan cerrados como abiertos,
reducidos tan sólo a una rendija,
uno podría pensar que van flotando
libres entre el azul, o bien la nada.
Se mueven oscilantes en el viento
las palmeras que entienden por cabellos;
su arena, cuevas, cumbres quedan quietos
como quien prueba un punto por orgullo.
Cada una delinea paisajes nuevos:
algunas se parecen, mas no mucho.
Todas remolonean con propio instinto,
tienen montañas, ríos, tan distintos
que nadie sano puede confundirlos,
pero al final del día todos sabemos
que las islas son islas, todas ellas.
Son puestas en la misma, firme bolsa
hecha de la fibra de esa palabra:
cuatro letras pequeñas, musicales,
pero que nunca expresan hasta el fondo
la riqueza en esencia de esos sitios,
esas playas amorfas, esos riscos,
esa tierra tan vívida que nombran.
Quizá es que las unimos de tal modo
porque en verdad no flotan libres, solas,
sino que están atadas a ese lecho
que yace oculto abajo entre las olas.
Es lo único que piensa este cerebro:
esa unión invisible las condena
a ser distintas sólo en apariencia.
El lazo submarino las hermana
por más que ellas se empeñen en cortarse
unas con otras, olvidarse, como
púberes necios, enamorados de
su propio ser, atolondrados tanto.
Algunos piensan que nosotros vamos
flotando como islas por el mundo,
sin reparar en que ellas nunca flotan;
en que su independencia es una oscura broma.
Y lo que en ellas es lazo cubierto
por las rocas del mar y el horizonte,
es en nosotros esa extraña esencia
que nos hace personas, ante todo.

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