11.6.13

412 (Escritores)

Odio cuando mueren los escritores que he leído. Un librero es una conversación interminable esperando a suceder en tu cabeza, en cuanto se tenga la decisión de comenzar a pasar las páginas. Puede sonar cliché, pero los escritores son voces, pero no las voces aburridas y académicas que tanta gente imagina cuando oye la palabra ‘libro’, y que los mantienen lejos del leer. El conjunto de voces del que hablo es mucho más parecido a un remolino de facciones antagónicas que se ha metido en un mismo auditorio, o en un estadio, o en una ciudad. En un librero se puede encontrar una metáfora del mundo entero, en el que está cada loco con su tema, hablando de lo que le place. Hay reporteros e inventores; hay magos y científicos; hay artífices y estúpidos. Algunos gritan en las plazas públicas con vozarrón de profeta; otros se reúnen con un par de esbirros en una madriguera a media noche. Es todo el universo en cajones de madera.

Es muy fácil simplemente pensar eso y dejar de considerar que esas voces abstractas en las que basamos nuestro microuniverso metafórico son, de hecho, personas. O lo fueron. Puede que esto suene cruel, pero no me imagino un mundo en el que Walt Whitman o Leo Tolstoi estuvieran vivos. Son para mí visiones abstractas, imposibles y sin embargo reales, que existen sólo en mi librero y en fotografías intocables. Son voces en mi metáfora, pero no logro asirlos como personas —son demasiado lejanos y mesiánicos. Pero lo fueron, sin duda. Alguien debió mojar la pluma en el tintero y escribir “Oh Captain…” o Guerra y paz. Debió suceder, de una manera física. Fueron hombres, mas por fortuna no pueden morir de nuevo. Se han despegado, mediante el tiempo y el rodar de las generaciones, de su naturaleza terrenal. De esos escritores sólo nos queda el lenguaje, y una noción vaga de que en otro tiempo hubo un cuerpo, unas manos, unos ojos, que nosotros nunca podremos conocer.

Pero hay otros casos, mucho más dolorosos éstos. Hace un par de días falleció el escocés Iain Banks, escritor de The Crow Road, fantástica saga familiar repleta de humor negro y humor verde y de la melancolía lluviosa que distingue a las islas británicas. Ha escrito otras cosas, por supuesto: una novela muy celebrada en su momento, llamada La fábrica de avispas, y una colección imponente de historias sci-fi. Pero The Crow Road… verán, estoy leyendo The Crow Road. Voy a la mitad. No podía creérmelo cuando vi el nombre de Banks entre las muertes recientes de Wikipedia. El tipo no tenía ni 60 años, y si puedo usar la palabra ‘tipo’ es porque él estaba aquí hasta hace dos días, era un algo físico. Algunas veces he dicho, refiriéndome a mis peculiaridades emocionales, que no me desagrada estar solo, pero que no soporto quedarme solo. Es ese momento infame el que me pega, el momento de la marcha. Y su voz no se ha apagado, claro: yo tengo su libro en una mano mientras escribo esto, y eso prueba que sus letras siguen ahí. Pero su percepción se ha apagado. Nadie volverá a hablar con esa voz o desde ese punto de vista. En cien años nadie podrá realmente concebir lo que significaba que estuvieran vivos y presentes.

Los libros son cosas muy curiosas. Piensas que tú los escribes a ellos —y eso es cierto del mismo modo físico y literal en que yo le echo sal a la comida, por ejemplo—, pero en un sentido mucho más profundo y eterno son ellos los que terminan por escribir al escritor. Personalmente, yo escribo porque tengo miedo a desvanecerme con el viento el día que me atropelle un camión o una enfermedad. No encuentro algo más fútil, más espantosamente olvidable, que un humano que nunca haya puesto su voz en discurso escrito. Y sin embargo sé que escribir termina por convertirse en todo lo que fuiste —de un modo que quizá no es menos espantoso. Me levanto por las mañanas y tomo un vaso de agua inmediatamente; ando descalzo casi siempre que estoy en casa, a menos que sea invierno; me gusta probar bebidas extrañas, de colores, y comidas nuevas; grabo discos en mi PC y les hago sobres con etiquetas personalizadas; leo en mi escritorio si el libro es de más de 500 páginas; tengo un perro blanco y un gato negro y me gusta verlos juntos; ¿y qué? ¿No seré al fin un cúmulo de letras?

Cada que muere un escritor que he leído me pregunto a dónde va todo esto. Y es que la muerte es ese momento en que Iain o Ray Bradbury o David Foster o Roger Ebert o cualquier escritor se desliza de su cuerpo para emprender ese camino inefable hacia algo mucho más extraño que el olvido. Es el momento en que dejan de ser humanos y comienzan a hacerse abstractos, como aire, como espacio. Es como perder a un amigo y saber que nunca lo tocarás de nuevo, que está distante, que ya no puede verte, y al mismo tiempo percibir su voz intacta cada madrugada, viniendo desde un lugar oscuro, más allá de tu horizonte. Muy extraño, en definitiva. Otra de las apuestas que un escritor debe hacer con el futuro y el destino, supongo.

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