14.9.13

Encajonados

This place is a prison
and this people aren’t your friends.




Tomé una siesta con mi tierra en llamas
porque el incendio me quedaba lejos;
no sentía yo las brasas de la quema
ni tizne de carbón cernía mis ojos.
Encajonado estaba en muros blancos,
como siempre lo he estado, como vivo,
lejos de todo fuego, piel inmune,
seguro tras ventanas de cemento.
¿Pero es vida esa vida sin espanto?
Oigo que no en el frío de este cuarto,
oigo que no en el ruido apasionado
que surge imbécil de miles de radios.

Y no, no importa lo que cantes, falsa arpía de pelo blanco, la plaza no ha sido recuperada.
La plaza era de ellos, de los “indios”, de los “mugrosos”, de los “inservibles”.
Ellos somos nosotros, y la plaza nuestro aliento, y tú eres una voz ajada, partida por años de ser alfombra de príncipes falsos.
¿Pero qué hacer realmente?
¿Qué hacer desde los tenues muros blancos?
¿Qué hacer si nadie escucha, nadie hace; si para lo único que sirve hablar es para ser juzgado como perro; si nuestros humanistas toman lattes y se ahogan en la tibia displicencia?

Encajonado estaba en muros blancos
junto a un millón de dormidos hermanos.
La llave del cajón yacía latente,
inerte y salvadora a unos tres pasos.
Entonces procedimos a pelearnos.
Cualquiera podía usarla, cada uno,
pero no era importante, decidimos.
Vieron la tele unos, todo el día,
vieron los noticieros y atacaron
a otros que iban marchando hacia la llave:
‘El cajón tiene todo’, proclamaron.
‘Querer salir no es más que vil pecado.
Tus sueños libertarios son el diablo.
Lo sé porque vi a Dios personalmente.
Lo llevo aquí en mi gruesa billetera.
Dios es la mano que me firma cheques.
Dios es confort, salubridad, es blanco,
pero el blanco perfecto de estos muros
y no el blanco espantoso a cielo abierto,
ese cielo volátil que tú buscas.
Ese cielo lástima mis pupilas.
Prefiero apoltronarme en mis pantallas.
Esa es la luz que alumbra mi camino.
La de los celulares y los autos.
Quítate de mi auto, desgraciado.
¿Qué no ves que voy tarde para [ nada ]?
¿Qué no ves que no llego a mi sentencia?
¿Qué no ves que me esperan en mi jaula?
¿Qué no ves que partí mis sueños hace mucho
para hacerle lugar a los del jefe?
Déjame subsistir, y no me chingues.’

¿Qué hacer en realidad?
¿Qué hacer cuando tu propia sangre se pelea en las venas, glóbulos blancos contra los prietitos, sin ver que ello masacra a un corazón ya negro?
¿Qué hacer cuando los muros enemigos son defendidos por tu propia tropa, y esos a quienes quieres ver felices son los primeros en soltar metralla?
¿Qué hacer ante tanquetas, ante gritos, ante esos que ahora aman su pantano, que no ven que se hunden, o que piensan que así es como se sienten los progresos?


Y luego dicen unos que el pueblo no existe,
que todo es relativo, personal, hermoso,
y que no hay pudrición en los viñedos.
Que ellos han visto personas brillantes
y que no hay mierda alguna por lo tanto.
Que sus amigos viven en Polanco
y que entonces la cosa no es terrible.
Espero que los muros los arropen
cuando en las noches sientan ese frío,
ese que no se apaga con estufas
porque requiere el fuego de la vida,
el fuego de la gente ensombrecida
en busca de la llave secuestrada.
Espero que sus Visas compren mantas
para poder pasar estos inviernos,
estos que no se curan con el tiempo
sino que cambian copos por cuchillos.
Espero que los cofres de sus autos
puedan vencer la escarcha de sus dedos,
porque viven conmigo encajonados,
y ni siquiera ven la cerradura.

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